El ritual era curioso: venía y se tumbaba a mi lado, muy pegadita, haciendo fuerza contra mí. Entonces yo le daba unas palmadas en el culillo y ella, inmediatamente, se ponía boca arriba con las cuatro patitas encogidas. Si la acariciaba parecía que se moría de gusto. De vez en cuando estaba aturullado y no le hice caso pero, al sentirse ignorada, me empezaba a morder. O se ponía sobre lo que tuviera entre manos. No aceptaba un no por respuesta. Y siempre, cuando la acariciaba, sabía que me iba a arañar. Con delicadeza, pero me arañaba. Yo lo interpreto en clave humana, porque me gusta. Vamos, que era un pelín pervertida.
La otra era mucho más cariñosa. Cuando me pillaba en la cama también se me pegaba muy fuerte pero de lado, se las ingeniaba para que su pancita se pegara a mi mano. Y podíamos estar así, ella con cara de extasiada y yo acariciándole la barriga durante horas. Recuerdo la sensación de no saber cómo había pasado, de estar solo, a mi rollo, a estar acariciándola. Se convirtió en algo que simplemente pasaba, era una fuente de cariño prácticamente inagotable. Pero en aquella postura no me daba para grabarla. Algo, o bastante, sí que me jode no tenerlo en vídeo. Su mamá me solía decir: ¡pero mira cómo te mira!
Un buen día ella se marchó y se lo llevó todo. Me encontré las llaves en el buzón y algunas preguntas afiladas con las que lidiar solo. Nunca más se supo.
Conseguí, muchos meses después, empezar a volver a simpatizar conmigo. Y resulta que ya sólo añoro a dos de las tres putillas: las de cuatro patas.