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Hilo resumen concurso de relatos 2013

Neo

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Concursante I

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THULE; EL ÚLTIMO DESTINO


Los miembros del partido Nazi que conformaban la Sociedad Thule, permanecían en la desesperación mientras la Segunda Gran Guerra iba llegando a su fin. Hitler les exigió, bajo pena capital, que le diesen un arma sobrenatural que cambiase de golpe el destino que les aguardaba a todos.
Atrás quedaban los días en que la Sociedad se reunía con botellas de champán y elucubraban expediciones a lugares lejanos donde encontrar objetos de naturaleza sobrenatural, que ayudasen en la conquista del mundo del Führer, y el esplendor alemán. Su principal misión era buscar el Santo Grial, y para ello fueron a Irlanda, donde la leyenda lo situaba como último lugar donde fuera visto. También buscaron la puerta del Infierno en la estepa rusa, antes de que Hitler, en su locura, entrase en guerra con Stalin. Y el Pergamino Dorado, en los templos del Himalaya.

Ahora no sabían que hacer. Todas las búsquedas fracasaron, y no daba tiempo para nuevos objetivos. Debían huir, cada uno a una parte del mundo. Las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial no iban a quedar impunes, y los miembros de la privilegiada Sociedad Thule no iban a escapar a las represalias. La mayoría iban a exiliarse a Argentina, otros a Egipto, llamados por el misterio de las grandes pirámides, aun con un hálito en el alma de esa pasión por el misterio que llevó a la formación de la Sociedad.

El más joven, Eric Braun, no se presentó a esa última reunión. Los miembros creían que había sido apresado por los norteamericanos, que en mala hora entraron en liza en esta estúpida guerra.

A muchos kilómetros del Café Shilò, donde los miembros de Thule se reunían por última vez, Eric Braun se dirigía en barco hacía el norte. Buscaba lo que siempre pensó que debían buscar; un lugar de paz, desde donde lograr no algo que hiciera ganar la guerra a Alemania, sino algo que trajera la paz al mundo. Un lugar que se pensaba era el centro del Universo, bajo tierra, habitado por elfos de la raza de Ávalon. Eric Braun buscaba Thule, la isla mágica más al norte del mundo... Nunca se supo nada más de él. Tal vez encontró la mítica isla y decidió quedarse allí a esperar el momento en que descifrar sus secretos y llevar la paz al mundo. Tal vez murió en el intento. Tal vez aun la busca o ha pasado el relevo de esa búsqueda a otro que valga para tanto honor.
 

Neo

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Concursante II

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“ELLA” LA ARAÑA.



Llevaba más de un mes de vacaciones y una niebla de aburrimiento se respiraba en toda la casa. Fui a la cocina, miré como buitre a su presa la nevera, y al no encontrar nada que tuviese suficiente glucosa como para apaciguar mi “aplatanez”, desistí finalmente y comencé a recoger los cacharros, ya secos. De repente vi como una pata sobresalía de una de las finas tuberías del gas, escondiéndose de mí, asustada como yo, y esquiva como la apática ama de esa casa.
Un primer impulso surgió de mi primitivo cerebro, del cual aun conservábamos nuestros miedos más básicos, así que me dispuse a destrozar al animal cuyas patas se escondían esquivamente al dirigir la mirada hacia la tubería de la encimera. Y de repente me acordé de un artículo del que había leído que las arañas son los mejores insecticidas que existen, así que la dejé vivir, y como nueva protectora de animales salvajes observé como la araña, con sus seis o siete patas largas, se movía ágilmente por los azulejos blancos que cubrían la cocina. Así pude diferenciar en ella el pequeño cuerpo del que salían esas extrañas extremidades que se movían con miedo hacia el ser que la hubiera aplastado de un zapatillazo.

En unos minutos seguía embelesada al verla deslizarse unos pocos centímetros como si bailase ballet en el aire, y ya, cansada de observarla, le sonreí, y para mis adentros me despedí de “Ella” la araña.
Aún estaba sola en casa, exceptuando a mis animalillos enjaulados y con su miedo a la libertad propio de los animales domésticos de nuestro siglo, y estando en estas cavilaciones, tomándome un café, el calor se apoderaba de mí y no sabía qué más hacer. El hastío volvía nuevamente, así que necesitaba una ducha urgentemente. Hacía ya bastante tiempo que me desnudaba y dejaba toda la ropa en el suelo como había visto en las películas tantas veces, signo de dejadez premeditada y de rebeldía tras años de mandatos parentales.

Como de costumbre, puse música en mi móvil, y reconfortada por la ducha templada, eché la cabeza hacia atrás y después de enjabonarme , mi segundo encuentro con la araña fue más fortuito aún si cabe. Ahora me cogía con la guardia baja, me encontraba a su merced, y yo, desnuda a una distancia mucho más mayor, pero ella, a una altura considerablemente superior, pues se encontraba en el techo de la bañera, eché hacia atrás mi cuerpo.
Esta vez mi reacción no fue tan salvaje, y la espié sin dejar de mirar su cuerpo en suspensión con esas patas a las que había visto asomarse unos días antes.
Con una naturalidad pasmosa, se deslizaba hacia abajo como si entre las patas tuviese una cuerda invisible de la cual surgía la tela que fabricaba con el alimento de los mosquitos de la casa. De nuevo mi visión se abstrajo en pensar si me reconocería, en pensar si habría sentido un miedo real al mirarme en la cocina, e incluso, con una mentalidad retorcida, si había disfrutado siendo el voyeur de mi ducha.

Le volví a sonreír, aunque esta vez sí me sentí reconfortada al salir del cuarto de baño, descorrer la cortina donde antes me había aseado, y decirla: -Hasta la próxima, guapa.
Paseándome por la casa, todavía meditaba sobre cómo había podido ser capaz de recorrerse la cocina y el baño, que estaban a una distancia prudente, hasta que recordé los vasos comunicantes de las tuberías.

Finalmente al cabo de unas horas, volví al baño, y la encontré fuera de la ducha, medio escondida entre sus propias patas, y esquiva ante mis miradas simpáticas.
Desde esos encuentros no han vuelto a aparecer mosquitos, y aún sé que existe por las telas que he encontrado en alguna esquina de la casa. No estamos solos.

FIN
 

Neo

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Concursante III

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LUIS



Luís es un protagonista de lo más peculiar, se tira las horas en la calle escuchando música sin parar. Rondará los veintitantos y lo que de veras llama la atención es la historia que viene a contarnos:

-Sí, yo soy Luís y tengo algo que contaros. La historia de aquel muchacho que madrugó temprano. Agárrate a la silla: comienza la aventura.

Corría el año 2000 y me encontraba estudiando los estudios postobligatorios aunque la verdad era que prefería estar en el parque que en clase. Tenía un compañero llamado Lano que era de mi estilo y se piraba también de clase. Nos fugábamos de clase para fumar algún petilla; la vida era cómoda y fácil: los fines de semana de marcha y los lectivos rodeados de hierba.

El rendimiento escolar de Luís era notablemente escaso e iba sorteando los suspensos con ciertos aprobados raspados.

Los fines de semana se juntaba con la misma pandilla de siempre, algunos de habían ido, pero otros seguían juntos. Luís tenía la fama de ser inteligente porque siempre estaba hablando de política y de cómo tenía que ser un presidente. Él tenía muchas ideas en mente y así se lo hacía ver a sus amigos, a su gente.

Le encantaba crear esa visión de él mismo, pero él no era consciente de qué estaba haciendo y porqué, simplemente lo hacía porque se sentía bien.

Hubo una mañana que Luís nunca olvidará, fue aquella mañana en la que la mecha se encenderá. Lano habló con Luís de una nueva droga que cayó en sus manos; le había regalado algo: una porción de setas de esas que llaman alucinógenas.

La curiosidad de Luís fue incipiente pues deseaba probar esa droga para sentirse diferente. Asustado también se encontraba pues sabía que podía haber malos rollos, más adiestró su mente, lo probó con otra gente y cierto; se sintió diferente: Se reía de las flechas que había en la carretera, se reía de todo aquello que estaba entre las aceras.

Un día especial volvió a probarlas, era el cumple de alguien del grupo y la vida le puso a prueba.

Se encontró perdido en el abismo ante la roca, no podía detener su pensamiento que entre mucha porquería pasajera le revelaba una verdad: deja en paz a los demás, dedícate a ser tú, deja de ser a través de ellos, comienza tu verdadera vida.

Tortura parecía, pues por más que quería no conseguía detener aquellos pensamientos que le hacían, temer. Todo terminó cuando se acostó. Al día siguiente todo parecía normal, en paz; no había gritos ya. Se propuso descansar y sin querer, caso omiso hizo a su porqué.

Pasaron los días hasta que de pronto, recordó su travesía, Esta vez no había ni setas, ni drogas. Vivió recuerdos pasados como si fueran de hoy día. Murió al contemplar que él era bueno y agradaba a los demás porque temía la oscuridad, temía el qué dirán, temía la soledad.

La confusión se apoderó de Luís cuando vio aquella luz. Era la prueba más concluyente que existía alguien más. Él era ateo, y no podía comprender que detrás de la evolución existiese un porqué.

Se detuvo a pensar y pensó durante días, durante semanas, durante meses hasta que al final se percató:

-Estaba yo sentado pensando en mis porqués y vino la duda andando para desvelarme en la noche. Por aquel entonces, caminaba solo, pues me sentía loco. Pensaba que todo iba a perder si descubrían mi estado. Así pues, disimulé. Pasé por mil desiertos de pena y de dolor, pensé que eso era vida y que nada tenía color. Caí al agujero de pensar llegar a dios, a través de aquella tristeza sintiendo aquel dolor.

Desperté por la mañana queriendo ver el sol y hubo una inundación de luz y de sabor. Me sentía inquieto pues estaba en mi corazón y aquel fue el instante en que descubrí mi temor; las cosas son como son y a la vez como queremos que sean. Me di cuenta de nuestro papel de creadores de realidad. Creía que estaba loco y sin quererlo, se lo transmitía a los demás.

Podemos crear realidad bajo los límites físicos: no esperes a volar si careces de alas pero puedes concentrarte en buscar tus alas, con ahínco para sí encontrarlas. Me supuso una verdad entender que si la intención se une a la acción nada externo puede detenernos aunque aquello que frena está en tu interior.

Así supo Luís como vivir su vida, haciendo realidad sus sueños con tesón y valentía. Nunca miraba atrás pues no le importaba la salida. Se balanceaba en sus sueños y con imaginación (práctica) los cumplía.

Creía en un mundo mejor y por ello él se transformó. Se transformó en aquel que soñaba cada día en un mañana. Hubo luchas al principio porque no entendía nada, pero al final supo como encontrar, aquel anillo que le faltaba. Buscando entre la lluvia, bajo el sol y en primavera. Buscando también en otoño y en cualquier lago salado. El sabía que su propósito le llevaría a su deseo. Mimaba su intención para no decaer y regaba su acción bebiendo del optimismo que emanaba su corazón.

No se sabe si encontró el anillo, no se sabe nada de Luís. Escribió esta historia y se dispuso a partir. El viaje no termina cuando encontramos lo que deseamos, sino que cada final conlleva siempre, un nuevo principio.​
 

Neo

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Concursante IV

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EL EMBRIAGADO.



Estaba lo bastante alegre y conocía la casa lo suficiente como para dirigirse a la cocina por sí solo, aparentemente para buscar hielo, pero en realidad para despejarse un poco, pues no era tan íntimo de la familia como para perder el conocimiento en el sofá del salón. Dejó atrás la fiesta sin lamentarse de ello, mientras el grupo en torno del piano entonaba Stardust y la anfitriona charlaba animadamente con un joven de gafas finas y pulcras y expresión hosca. Atravesó con cautela el salón donde un grupito de cuatro o cinco personas sentadas en las sillas rígidas discutía concienzudamente sobre algún tema. Las puertas de la cocina batieron con brusquedad al empujarlas y el hombre tomó asiento junto a una mesa blanca esmaltada, limpia y fría al contacto de su mano. Dejó el vaso en un buen lugar del dibujo verde y, al alzar la vista, descubrió a una jovencita que lo observaba especulativamente desde el otro lado de la mesa.-Hola -dijo-. ¿Tú eres la hija?

-Soy Eileen -respondió ella-. Sí.

La muchacha le pareció fofa y mal formada; son las ropas que llevan hoy las jóvenes, se dijo nebulosamente. Llevaba el cabello en dos trenzas que le caían a ambos lados del rostro, tenía un aspecto joven y fresco y no estaba vestida de fiesta. Llevaba un suéter púrpura y su cabello era oscuro.

-Tu voz suena agradable y sobria -comentó, dándose cuenta de que era algo que no debía decirse a una chiquilla.

-Estaba tomando una taza de café -dijo ella-. ¿Le apetece una?

El hombre estuvo a punto de echarse a reír, pues advirtió que la joven esperaba estar actuando con inteligencia y habilidad ante un grosero borracho.

-Creo que sí, gracias -respondió. Hizo un esfuerzo por fijar la vista; el café estaba caliente y, cuando ella le puso delante una taza, diciendo: «Supongo que lo querrá solo», él colocó la cara sobre el vapor y dejó que este le entrara en los ojos con la esperanza de que lo ayudara a aclarar la cabeza.

-Parece una fiesta estupenda -dijo la muchacha sin añoranza-. Por lo que se oye, todo el mundo debe de estar pasándolo en grande.

-Es una fiesta estupenda.

Empezó a tomar el café hirviente con deseos de decirle a la joven que ella lo había ayudado. Fijó la vista en ella y sonrió:

-Me siento mejor -declaró-, gracias a ti.

-En la otra sala debe de hacer mucho calor -respondió ella en tono sedante.

Esta vez, el hombre se rió abiertamente y ella frunció el ceño, pero él advirtió que la muchacha lo disculpaba y añadía:

-Arriba hacía tanto calor que se me ha ocurrido bajar a sentarme un rato.

-¿Estabas durmiendo? ¿Te hemos despertado?

-Estaba haciendo los deberes -respondió ella.

Él volvió a mirarla, imaginándola sobre un fondo de redacciones y cuidadas caligrafías, de libros de texto deteriorados y risas entre los pupitres.

-¿Vas a la universidad?
-Me falta un año -pareció esperar a que él dijera algo, luego añadió-: Perdí un año cuando tuve la pulmonía.

Al hombre le costó encontrar algo que decir (¿preguntarle por los chicos?, ¿hablar de baloncesto?), de modo que fingió prestar atención a los ruidos lejanos procedentes de la parte delantera de la casa.

-Es una fiesta estupenda -repitió vagamente.

-Supongo que le gustan las fiestas -apuntó ella.

Sin habla, él se quedó mirando su taza de café vacía. Sí, suponía que le gustaban las fiestas; el tono de voz de la muchacha había sido de leve sorpresa, como si después de aquello solo esperara de él que se declarara partidario del circo romano con gladiadores enfrentados a fieras salvajes, o comprensivo con el solitario baile en círculo de un loco en un jardín. "Casi te doblo la edad", se dijo el hombre, "pero no hace tanto tiempo que yo también hacía mis deberes en casa".

-¿Juegas al baloncesto? -inquirió él.

-No -respondió ella.

El hombre recordó con irritación que ella estaba en la cocina antes de que él entrara, que vivía en la casa y que él estaba obligado a darle conversación.

-¿Qué deberes estabas haciendo? -preguntó.

-Una redacción sobre el futuro del mundo -dijo ella, y sonrió-. Suena estúpido, ¿verdad? A mí me parece una estupidez.

-La gente de la fiesta hablaba de eso mismo. Esa es una de las razones de que me haya refugiado aquí.

Advirtió que ella pensaba que no era en absoluto una de las razones para que se hubiera refugiado allí y se apresuró a añadir:

-¿Y qué escribes sobre el futuro del mundo?

-En realidad no creo que tenga mucho futuro -dijo ella-. Al menos, tal como están las cosas hoy día.

-Es una época interesante de vivir -replicó él, como si todavía estuviera en la fiesta.

-Bien, al fin y al cabo, no es como si no lo supiéramos por adelantado.

Él la miró un momento. La muchacha miraba con aire ausente la punta de su bota de cuero y movía el pie con suavidad adelante y atrás, siguiéndolo con la vista.

-Realmente es una época espantosa si una chica de dieciséis años tiene que pensar en cosas así.

"En mi época", pensó en añadir irónicamente, "las chicas no pensaban en otra cosa que en cocteles y besuqueos".

-Tengo diecisiete años -la muchacha alzó la vista y le sonrió otra vez-. Hay una diferencia terrible.

-En mi época -dijo él con exagerado énfasis-, las chicas no pensaban en otra cosa que en cocteles y besuqueos.

-Ahí está en parte el problema -respondió ella con seriedad-. Si la gente se hubiera asustado de verdad, sinceramente, cuando ustedes eran jóvenes, hoy no estarían tan mal las cosas.

Su tono de voz resultó más punzante de lo que pretendía («¡En mi época!») y le dio parcialmente la espalda a la muchacha, como para indicar el escaso interés de un adulto que se muestra condescendiente con un niño:

-Supongo que creíamos estar asustados. Supongo que todos los chicos y chicas de dieciséis... de diecisiete años creen que están asustados. Forma parte de una época que es preciso pasar, como la de volverse loca por los chicos.

-Siempre me pregunto cómo será -la chica habló con voz muy clara, muy suave, mirando a un punto de la pared detrás de él-. No sé por qué, creo que las iglesias caerán primero, antes incluso que el Empire State Building. Y luego todas las grandes casas de apartamentos junto al río, deslizándose lentamente hacia el agua con sus inquilinos en el interior. Y las escuelas, tal vez en mitad de la clase de latín, mientras estemos leyendo a César -bajó los ojos hasta el rostro del hombre, contemplándolo con aturdida excitación-. Cada vez que empezamos un capítulo de César, me pregunto si será ese el que nunca llegaremos a terminar. Puede que nosotros, en nuestra clase de latín, seamos la última gente del mundo en leer a César.

-Eso sería estupendo -intervino él con aire pícaro-. Yo odiaba a César.

-Supongo que todo el mundo, cuando es joven, odia a César -replicó la muchacha con frialdad.

El hombre aguardó un minuto antes de decir:

-Creo que es un poco tonto por tu parte llenarte la cabeza con toda esa basura morbosa. Cómprate una revista de cine y cálmate.

-Podré conseguir todas las revistas de cine que quiera -insistió ella-. Los vagones del metro se saldrán de las vías, ¿sabe?, y todos los quioscos de revistas quedarán aplastados. Se podrá coger todas las barras de caramelo que una quiera, y las revistas, y los lápices de labios y las flores artificiales del almacén, y los vestidos de todas las grandes tiendas, arrojados en plena calle. Y los abrigos de pieles.

-Espero que queden abiertas de par en par las tiendas de licores -dijo él, empezando a impacientarse con la joven-. Si sucede lo que dices, entraré en una y me agenciaré una caja de coñac y nunca volveré a preocuparme de nada.

-Los edificios de oficinas serán simples montones de ladrillos rotos -continuó ella, con sus ojos enérgicos fijos aún en él-. Si hubiera un modo de saber con exactitud en qué momento sucederá...

-Entiendo -dijo él-. Estoy de acuerdo con el resto. Entiendo.

-Después, las cosas serán distintas -continuó ella-. Todo lo que hace que el mundo sea como es ahora desaparecerá. Tendremos nuevas normas y nuevos modos de vida. Tal vez exista una ley para que no vivamos en casas, de modo que nadie pueda esconderse de los demás, ¿sabe?

-Tal vez exista una ley para evitar que todas las escolares de diecisiete años aprendan a tener sentido común -replicó el hombre, poniéndose en pie.

-No habrá escuelas -afirmó ella de plano-. Nadie aprenderá nada. Para evitar volver al punto en que estamos ahora.

-Vaya -dijo él con una risita-, haces que suene muy interesante. Lástima que no esté allí para verlo.

Se detuvo, con el hombro apoyado en la puerta batiente que daba al comedor. Sentía terribles deseos de decir algo adulto y mordaz pero, al mismo tiempo, tenía miedo de demostrar a la joven que le había prestado atención, que cuando él era joven la gente no decía aquellas cosas.

-Si tienes problemas con el latín -dijo por último-, te echaré una mano con gusto.

Ella lanzó una sonrisa que lo desconcertó.

-Aún hago mis deberes para la escuela cada noche -declaró.

De vuelta en el salón, los invitados deambularon achispados a su alrededor. El grupo junto al piano cantaba ahora Home on the Range y la anfitriona charlaba animadamente con un hombre alto y elegante, vestido con un traje azul.

Encontró al padre de la muchacha y le dijo:

-Acabo de mantener una conversación muy interesante con su hija.

La mirada del anfitrión recorrió rápidamente la estancia.

-¿Con Eileen? ¿Dónde está?

-En la cocina. Está con su latín.

-Gallia est omnia divisa in partes tres... -citó el anfitrión, sin entonación-. Ya sé.

-Una chica realmente extraordinaria.

El anfitrión movió la cabeza, apenado.

-Los jóvenes de hoy... -murmuró.

FIN
 

Neo

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Concursante V

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LIMÓN


La noche no es excesívamente fría para esta época del año. El cielo solo lo ocupan una luna en cuarto creciente, unas estrellas aliviadas de la ausencia de grandes ciudades en la zona, unas nubes empujadas con delicadeza hacia el sur, pájaros, insectos y su mirada. Su mirada lo ocupa todo. No tiene otra cosa que hacer.
Ha llegado ya bien entrada la noche. Su coche espera al lado de la carretera rural, unos metros más allá del tramo de vía de tren junto al que está sentado ahora, culo en tierra, brazos abrazados a sus rodillas, mirada al cielo. Espera al tren. Si cumple el horario, pasará por ahí poco antes de amanecer. No hay ninguna estación hasta pasados dos kilómetros.
"Y cuando pase, ¿qué carajo haré? ¿Qué decidiré al final?" La noche escucha esas preguntas. Estando como está, solo en medio del campo, no impide a su lengua la integración total con sus pensamientos que ella ansía y que la vida en sociedad desaconseja. Le resulta tranquilizador expresarse de este modo, en alta y clara voz. Hace más real lo que encierra su cabeza. Sus neuronas follan entre sí, de forma incansable, anónima e incestuosa, pariendo millones de hijos bastardos, la mayoría de los cuales muere al poco de nacer por ausencia de fe en sí mismos. Partiendo de esta base tan inestable, la lengua crea un sonido, algo que ya existe, que se agarra al mundo de la física, que tiene una presencia fácilmente demostrable. Si un árbol cae en medio de un bosque y no hay nadie para oírlo... Puede que solo los pájaros e insectos puedan dar fe de esas palabras que pronuncia, pero se conforma y le otorgan esa realidad que ahora le tranquiliza un tanto. "Cuando llegue el tren... ¿me pongo en medio o lo veo pasar?" Ni los pájaros ni los insectos se inmutan ante tamaña blasfemia, de modo que sigue. "Si es que así no puedo seguir, coño, no puedo. Ya no más."
Una estrella se desplaza hacia el este. Demasiado rápido. La delata su impaciencia. Su disfraz de estrella cae. Es un vulgar avión. "Sería distinto si hubiera sufrido de verdad. Sería más fácil tomar una u otra decisión si hubiera sufrido a lo bestia. O si hubiera gozado también. Eso ha faltado en esta puta vida. Dolor y felicidad." Su orgía neuronal da a luz, de nuevo, asociaciones inevitables con esa película que tanto le gustó, basada en ese libro que nunca quiso leer. "Ella si sufrió, joder. Sufrió y fue feliz. Y fue más feliz cuanto más sufrió y sufrió cuanto más feliz llegó a ser. Y así no dudó cuando llegó el tren. ¿Verdad Anna? ¿Verdad que lo tenías claro? Pero yo no he sido nunca así, Anna. Yo soy un mierda y no tengo ni idea de si me pondré delante de ese tren, no digamos ya de hacerlo con tanto estilo como tú, con tu cuello, aún caliente de los besos de tu conde, besando ahora ese antipático metal." El viento que empuja a las nubes allá en lo alto empieza a notarse ahora aquí abajo. El ligero jersey que cogió automáticamente al salir de casa se muestra ahora insuficiente. Se abraza a sí mismo con más fuerza. Le viene a la mente esa última discusión por teléfono. Las voces dolidas. Las palabras culpables. El adiós que ninguno pronunció. "Quizá ella piense mañana que es por culpa de eso. Quizá se sienta responsable y le entre la paranoia del no-debí-decir-esto debí-darme-cuenta-de-que-algo-pasaba... ¡Menuda mierda! ¿Y qué hago? ¿Le dejo una nota? ¿Un SMS explicando que nada de esto tiene que ver con ella? ¿Que esto es mío y que no quiera robarme el protagonismo atrayendo los focos? ¿Que no lo he hecho por el dolor que me has causado? ¿Que no me puedes causar tanto dolor, ya que no te amo? ¿Cabe eso en un SMS? Quizá sí que debí bajarme el Whats'up de las narices. Más fácil. Quizá no deba avanzar tanto los acontecimientos. Quizá no me mueva de aquí cuando pase el tren y mañana la vea de nuevo, y me disculpe, y se disculpe, y follemos, y claro que te quiero, cariño, y aquí no pasa nada."
El cielo parece ligeramente más azul. Mira la hora. Ya debe de estar cerca. Piensa en poner la oreja en la vía y ver si se siente al tren avanzar. De niño lo intentó algunas veces, en otra vía, con otro tren, y nunca obtuvo resultados concluyentes sobre la eficacia de dicho método. Ahora se queda donde está. A su espalda se oyen pasos ligeros y rápidos. Se vuelve. Un perro maś bastardo que cualquiera de sus pensamientos se ha acercado desde la carretera, y ahora le mira, desconfiado. Su cola se mantiene quieta, a media altura. Su nariz escanea el aire entre ellos. Su cuerpo está tenso, listo para correr en cualquier dirección que le aleje de cualquier peligro. "Tú sí que tienes pinta de haberlas pasado putas, colega. No sé si habrás disfrutado también, pero pasarlo mal, hasta hartarte, ¿verdad?" Respondió el animal con un leve respingo hacia atrás a la primera sílaba. Una mirada atrás para calcular rutas de escape. Luego, más mirada desconfiada. También esperanzada. Lo uno va con lo otro. "Ojalá tuviera algo de chicha para ti. En serio que me gustaría. Pero salí con lo puesto. ¿Y sabes? Me alegro de que estés aquí. Hace más cómodo el hablar en voz alta." Camina un poco el perro hacia la vía, pero no directamente hacia él. Ya no está tan tenso, parece. Olfatea ahora el suelo, más por costumbre que por esperar encontrar algo. "No soy un mal tío, ¿sabes? Ni bueno tampoco, hablando claro. Nunca he sido excesivo en nada. He tenido amigos, pero nunca uno del cual no pudiera prescindir. He tenido buenos padres, más o menos, pero no siento gran pena por dejarles sin un triste SMS que les aclare un poco todo esto. He amado a algunas mujeres, y he sido amado por unas pocas, pero ni yo ni ellas hemos traspasado esa línea que separa los romances de las pasiones. No he odiado demasiado a nadie ni nadie me ha odiado demasiado. Ningún enemigo de esos que justifican una vida. Demasiadas medianías para tantas décadas de vida, creo yo, ¿no?" Mira al perro. Entre dos traviesas del tren, diez metros más allá, ha encontrado los restos de una chocolatina, aún con parte de su envoltorio de aluminio dorado y azul. Un tesoro. Lo está disfrutando, olvidado ya del homínido y sus neuras. Ya no cabe duda de que el cielo se está iluminando, y ya las estrellas más débiles han desistido de la batalla, esfumándose dolidas. Al fondo, otra estrella nace con fuerza. Se mantiene a ras de suelo, y desde ahí se mueve, sin levantar un palmo de tierra. La acompaña un rumor para el cual ya no hace falta ninguna oreja pegada a la vía. Es el tren. Por fin.
Se pone en pie, de un salto. Mira a su verdugo, pues ya ha decidido hace rato que es su verdugo. "¿Lo es? ¿Lo hago? ¡Joder, sí! ¡Venga, ya está!" Tres metros le separan de la vía. Ahora dos y medio. Ahora dos. Ahora... "Qué coño hace el perro? ¡Apártate, imbécil! ¿No ves que se te echa encima?" Absorto en su descubrimiento culinario, el perro no responde a los gritos más que con una leve ojeada. Ya ha acabado la chocolatina, pero ahora relame, pecaminosamente, los restos dorados y azules, con más ardor aún que la propia golosina. Ni ha echado un vistazo atrás para ver lo que se le echa encima a velocidad de crucero. Ya está bastante cerca. "¡Que te vayas, atontao! ¡Pírate!" Coge uno de los guijarros grises de la vía. Se lo lanza al chucho apuntando a su lomo. Suena un clang cuando golpea la vía, tres metros más allá del perro. El lomo de este, intacto, aunque ahora le vuelve a prestar atención. Al hombre, pero no al tren, que sigue acercándose. El hombre coge otra piedra. Apunta de nuevo al lomo mientras grita improperios y menciona no se qué sobre locomotoras y mermelada de perro. Tira la piedra. Le ha dado en una pata. Salta hacia atrás el perro y emite un gemido agudo, de dignidad herida. Le dirige de nuevo la mirada. Ignora de nuevo ese tren, que ya está a unos segundos. Furioso, y más confiado en su puntería, le lanza otra piedra. Acierta de lleno en su pecho, y el animal, tras otro grito y más dignidad herida, corre veloz, alejándose de la vía, del tren, y de ese loco que ahora se queda ahí, plantado a dos metros de la vía, respirando con fuerza, mirando sin ver cómo pasa ese tren tan esperado. Diez segundos. Un estruendo de metal contra metal con muchas toneladas de por medio. Y ya está. Ya pasó.
Se ha quedado aún ahí plantado por algunos minutos. Y más rato aún sentado de nuevo. De nuevo abrazando sus rodillas. De nuevo solo, sin perro, pero sin ganas ya de hablarle a nadie ni a nada. En silencio. Ha amanecido ya del todo, ha amainado el frío viento y se ha levantado para irse. Al meter las llaves en la cerradura, lo ha visto, a su derecha. El perro. Le mira de nuevo. No parece enfadado, ni siquiera desconfiado. Parece curioso. "Ahora resultará que te caigo bien y todo." Se acerca al perro, despacio, despacio. Se pone de nuevo en tensión, el animal, pero no huye. El hombre llega hasta un metro de él. Nota que es el límite. Acerca una mano, la palma hacia arriba. Pasa un minuto, con todos sus segundos. El perro comienza a olerle la mano. Decide no acariciarlo. Todavía no. Se levanta. Vuelve al coche, recoge las llaves y se las guarda en el bolsillo. "El pueblo no queda tan lejos. No te supongo tan confiado aún para subirte a mi coche. Ya volveré a por él más tarde. Volveremos caminando. Porque volverás conmigo, ¿verdad? Sí, ya lo creo que volverás conmigo. Me has cogido cariño. Eres así de tontolculo. Y vale. Sí. Te adoptaré. ¿Por qué no? También tú me caes bien. También yo soy un tontolculo. Pero no te acostumbres demasiado a mí, ¿vale? Por que puede que el impulso de esta noche haya pasado de largo. Otros impulsos de otras noches también lo hicieron. Pero otro vendrá, tarde o temprano. Me conozco. Y no sé qué pasará entonces, ¿entiendes? Quizá Anna me inspire desde el infierno y me pire de aquí, ¿lo tienes claro? No te acostumbres." Ya están caminando, rumbo al pueblo, y en efecto, el perro le sigue. Parece contento. "Te voy a llamar Limón. Supondrás que un nombre así encierra toda una historia, ¿no? Pues sí, pero ni te la cuento ni te la justifico. Te llamas así y punto. Yo mando. Yo Tarzán, tú Limón. Porque sí." Sonríe el hombre, mirando a su nuevo amigo. Sonreiría el perro si su anatomía facial lo permitiera. El cielo ya es plenamente azul. El sol ya preside su reino, el resto de estrellas desterradas. La luna aún resiste, orgullosa. Y arriba, el viento sigue empujando nubes hacia el sur. A un par de kilómetros, el tren ya ha abandonado la estación que tanto buscaba. Algunos han bajado, otros han subido, y ahora sigue avanzando. Otra estación le espera.
 

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Señoras, señores, ha llegado el momento de saber quiénes son los premiados...


RELATO MÁS SENSIBLE:

Tercera posición para el relato Luis, escrito por Shared.
Segunda posición para el relato Limón, escrito por Nicanor

y...

Primera posición para ''Ella'' la araña, escrito por Sonia

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¡Enhorabuena a los tres!

RELATO MÁS ORIGINAL

Aquí, ya sabéis, tenemos un gran empate
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La primera posición compartida por cuatro estupendos relatos:

Thule; el último destino, de Heegan
''Ella'' la araña, de Sonia
Luis, de Shared
Limón, de Nicanor

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¡Felicidades!

MEJOR RELATO

Tercera posición para... ''Ella'' la araña, de Sonia
Segunda posición compartida por Luis, de Shared y Thule; el último destino, de Heegan

y...

Primera posición para... Limón, ¡de Nicanor!

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Hécate

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Ya no hay más concursos de este tipo?
 

Virginia 42

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Son magníficos 😍 gracias! Estoy disfrutando mucho leyéndolos !!!
 
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