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Hilo resumen concurso de relatos 2012

Neo

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Concursante I​


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Una pareja cualquiera​



Recuerdo cuando nos conocimos. Yo apenas tenía 12 años, y tú ya estabas hecho todo un hombre. Estabas tan guapo, con esos rizos oscuros cayéndote sobre las sienes.

Me enamoré al instante, nada más verte, en esa moto que te habías comprado de segunda mano con tu primer sueldo en la obra; ésa a la que tanto querías y tanto mimabas.

Tenías los dientes más blancos y la sonrisa más bonita que haya visto nunca.

En ese primer momento supe que ya no nos separaríamos nunca; que ibas a ser mío para siempre y yo iba a ser tuya.

¿Te acuerdas tú de aquél día?

También me viene a la memoria la primera vez, mi primera vez. Supongo que no era la tuya, claro, con la fama de pendenciero que traías. Más de algún bofetón habrías soltado ya, seguro. Para mí fue extraño, casi me dolió más la sorpresa que el golpe en sí. Juraste que no volverías a hacerlo, y yo te creí. Te he creído siempre. Todas las veces que me lo has dicho, con cada lágrima que has soltado, con cada rosa que me has traído.

Pero esa primera vez fue impactante; y eso que debería haberlo visto venir, porque es cierto que yo ese día estaba bastante pesada y agobiante; vamos que hice bastantes méritos para ganarme el premio gordo.

Cada golpe que me has dado estos años ha ido rompiéndote el alma, según me decías. La verdad es que se nota que no querías hacerlo, no vamos a engañarnos. Pero es que tenías que hacerlo.

Por eso no te dejé ahí, ni tampoco con la primera paliza. Aquella que me llevó al hospital con dos costillas rotas ¿te acuerdas?. Hice una amiga en esos días en que estuve ingresada. Antes las cosas eran más sencillas, no como ahora, que dan un parte al juzgado por cualquier cosa.

Dije que me caí por las escaleras con el cubo de la fregona y nadie preguntó más. Ahora no podría hacerlo; aunque claro, tú enseguida aprendiste a controlar la intensidad y la forma, que no es bueno que la gente crea que vas pegando a tu mujer, hombre, que la imagen también es importante.

Los años también te han hecho más experto, y ya no tengo que cubrirme con gafas de sol, ni capas de maquillaje; no. La cara es sagrada. Algún que otro dedo suelto que ha dejado marca en mi cuello, pero poco más.

Lo peor en verano, que paso un calor horrible con la ropa siempre larga y con los vaqueros, pero total, para la vida social que tengo. Se está mejor en casa con el aire puesto. Mira si no, que a gusto estamos ahora sin tener que ir a ningún sitio.

De todas formas nos casamos, y aunque perdí a mis dos primeros bebés (que no quiero decir que sea culpa tuya, si ninguna de las dos veces me diste tan fuerte, que no estaba de ser, ya está), la verdad es que yo era feliz.

Reconoce que éramos felices.

Luego ya cuando te echaron del trabajo se te agrió un poco el carácter, pero como no querías que trabajara fuera de casa, pues poco podía hacer yo mas que recortar todo lo recortable los gastos. No digas que no te he cuidado bien, que aun con la miseria de ayuda que cobramos a ti nunca te ha faltado para ir al bar. Pero es que yo me apaño con muy poco.

Gracias a dios al final nos bendijeron con un hijo. Ahí volví a ser feliz de nuevo. La verdad es que no puede decirse que me arrepienta de nada en esta vida, de ninguna decisión que he tomado, no, no.

Ahora con lo de ser guardia de seguridad pasas mucho tiempo fuera, y con los turnos que tienes, es verdad que ya apenas tienes tiempo ni de discutir conmigo. Y como me has dejado trabajar, mi horario limpiando la clínica tampoco es que sea muy flexible.

El niño nos ha salido bueno, lo que pasa es que chocáis mucho, y eso se nota. Pero él te quiere, eso es indudable. Si se ha marchado de casa es porque es muy independiente y le gusta hacer las cosas a su modo.

¡Cuánto tiempo hacía que no manteníamos una conversación así, tan larga!

No me mires así, que tú muy comunicativo no eres.

Fíjate que fue el otro día escuchando a un médico hablar por teléfono, mientras limpiaba el polvo, que tuve la idea. Si quién se va a dar cuenta con tantos botes y medicinas como tienen. Bah, nadie echará en falta un par de botecitos.

Pero el caso es que, como yo no soy tan lista como tú, ahora me doy cuenta de que no lo he pensado bien, porque dormirte y atarte ha sido más o menos fácil, pero ¿qué hago ahora contigo? Quiero decir, así no te puedo dejar. Que no es que no esté yo ahora muy bien, así, charlando contigo, pero tengo otras cosas que hacer, por supuesto.

Lo que tengo claro es que a mí la sangre no me gusta; y además tengo todo muy recogidito y no es plan.

Pastillas no puedo darte porque si te quito la mordaza eres capaz de morderme o algo peor.

Gas no tenemos, así que la asfixia tampoco puede ser por ese medio. Y manualmente no me veo yo, que en un meneo lo mismo me tiras y hasta salgo perdiendo.

Y luego el cuerpo ¿qué hago yo con el cuerpo? A ver, que no es que tenga problemas, que no tengo que esconder nada, quiero decir. Ya puestos, me da igual que me lleven a la cárcel, eso ya está previsto, pero entre unas cosas y otras, no puedo dejarle al chico el piso con un cadáver, que ya sabes que es muy delicado para esas cosas.

Mira, ya lo tengo, te voy a dejar así. ¿Cuánto puede uno tardar en morirse de sed y de hambre? No te pongas así, al fin y al cabo no voy a hacerte daño, que ya sabes que no soy nada violenta. Es que ya tengo una edad, y no aguanto igual de bien los golpes que antes. En una de estas, y como tú tampoco tienes ya el mismo pulso, lo mismo me das mal y tenemos un disgusto. Y luego ya el chico sí que te iba a coger manía; y no queremos eso.

Bueno, pues eso vamos a hacer. Ale, decidido. Voy a bajar un minutito a comprar unas cosillas, tú espérame aquí.
 

Neo

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Concursante II​



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FÁBULA DEL GATO NEGRO


Erase una vez que se era un gato panzón y negro, negro como la misma pez, tumbado al pie de un viejo pino, tieso y alto y ramoso, hogar de una ardilla, seco en algún punto donde el Sol no lo calentaba en pleno verano.

Y piensa el gato; ¿seré sin ser tan negro más amado por la gente más querido por el pueblo?. Pues son los gatos blancos, y aun los que blanco y negro el lomo de orgullo lucen, acariciados por memos humanos que mi pelaje no gustan de ver, por un miedo tonto a la mala suerte que traer pueda hasta sus dedos e insípidas vidas ciegas. Si en vez de pelaje negro gozase el rojo, esa ardilla que en la rama al día veo, roja como la tarde y el Sol, del color bello del fuego: ¡cuánto cambiase mi vida!.

Piensa la ardilla cuan feo en cambio es su propio lucir de rojo arder fuego el pelo que le ha tocado en natura llevar, cuando el hermoso negro del gato al pie de su pino gustaría vestir bello por lo alto del pino grande y alto, y galante, y tan pleno. Y piensa el pino que grande sería tener un pelo brillante y no la corteza.

Y así todos, en el negro bosque, desea la suerte del otro y su otro pellejo. Y de este modo, zapatero remendón, envidia el lleno del puesto del carnicero, y éste la del tabernero, y nadie de la su suerte está pleno y satisfecho.
Y piensa también el gato; cuan difícil y complejo es cazar ratones día a día para el sustento, mejor sería la hierba por tomar todo alimento, o bellotas, como ardilla que allá arriba ahora veo y podría por darme en cazar si me desperezo, pero corre, acosa, salta... demasiado es el esfuerzo cuando estoy tranquilo, feliz, descansado y quieto y fresco a la sombra de este pino.

Más feliz es como el clero esa ardilla con el comer fijo sin mover un dedo, solo zarpa a la bellota y ya tiene su alimento. Y piensa la ardilla roja, cuan feliz como el negro gato de abajo sería ella si no pasase el gran miedo de ser cazada por búho, gato, halcón o cruel juego de algún malcriado niño. Y el pino llora el encierro que a la Tierra le ata. Y es así que el hombre mas feo lamenta su suerte y hado y el guapo no se ve bello.
 

Neo

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Concursante III


Hace ya muchos años, cuando el mundo aun no tenía prisa, todo era diferente. La gente iba y venía, pero sin correr, sabiendo en cada momento a dónde iban y porqué. Cuando se cruzaban por la calle con un vecino se saludaban y paraban a charlar. Por las noches se reunían en las puertas de las casas que, por cierto, nunca estaban cerradas, y pasaban horas y horas allí sentados, sin hacer nada. Las mujeres hacían calceta y los hombres hablaban de la jornada del día y de los quehaceres del día siguiente. A veces también hablaban de la gente del pueblo, pero sin maldad, sin críticas. Quizá si alguien se casaba o si iba a tener un hijo…. Sólo eran comentarios sin relevancia.

Un día llegó al pueblo un hombre un tanto extraño. Tenía el cabello enmarañado, negro como la pez aunque con algunas canas aquí y allí. Su cara y sus manos estaban arrugadas, posiblemente castigadas por la vida. Por su ropa se podría decir que llevaba meses caminando, ya que sus zapatos apenas tenían suelas y la ropa estaba andrajosa y deshilachada. Pero sus ojos…., sus ojos eran otra cosa. En ellos se reflejaba la inocencia de un niño pequeño, la sabiduría de un anciano y las emociones de un adolescente enamorado.

Ese día todo el mundo hablaba de lo mismo, del hombre extraño. Nadie sabía dónde se alojaba, dónde comía…., en definitiva, nadie sabía nada de él, salvo su aspecto.

Entonces Pablo comenzó a seguirle. Pablo era un chico avispado, de unos 20 años pero con aspecto de no haber cumplido aun los 15. Tenía la energía de un adolescente y la perspicacia de un detective cincuentón. Su cabello era claro, casi blanco, sus ojos azules y con una piel tan fina que parecía transparente.

El extraño caminaba por las afueras del pueblo sin dar importancia a nada, salvo al próximo paso, uno cada vez. Pablo le seguía de cerca, pero no tanto como para ser visto o escuchado. El hombre extraño llegó a un puente que había en el río, un puente de madera pero no de tablones, sino de troncos redondos, muy inestable. Allí se sentó, a la orilla del río, cogió una rama verde del árbol más cercano y ató en su extremo más fino un cordel más fino aun. Al extremo del cordel amarró una especie de anzuelo que, por lo que podía apreciar Pablo desde su posición, podría estar hecho a mano, ya que estaba bastante retorcido. El extraño buscó en el suelo algo que sirviese de cebo y lo clavó en el anzuelo. Así fue como se fabricó una caña. Pasaron quizá un par de horas hasta que picó el primer pez. A Pablo comenzaban a hormiguearle las piernas. Era una trucha enorme, la más grande que Pablo había visto jamás. Y, claro, a Pablo se le escapó un grito de exclamación. No pudo contenerse. El extraño miró hacia atrás, hacia donde estaba Pablo. Le saludó con un leve movimiento de cabeza y le indicó del mismo modo que se acercase. Pablo no sabía muy bien qué hacer, pero ante el hecho de verse descubierto y deseando que por sus piernas volviese a circular la sangre con normalidad, se acercó al extraño.

Se sentó junto a él sin mediar palabra, ante un gesto del hombre. Pablo se quedó allí sentado, mirando el remanso del río. Los minutos de silencio se le antojaron horas cuando, de pronto, el extraño se presentó.

-Me llamo Enrique, dijo.
-Encantado, yo soy Pablo. Vivo aquí, ¿sabe? En el pueblo
-Lo sé, te he visto esta mañana en la plaza, junto a la fuente.

A Pablo se le pusieron las mejillas del color de las manzanas maduras. No se había imaginado ni por un momento que el extraño se hubiese podido fijar en él. Y menos aun en la plaza, donde se paraba a mirar a las chicas del pueblo cuando iban y venían de sus recados.

-Todo el pueblo está intrigado con su presencia, ¿sabe? Hacía años que no pasaba por aquí ningún desconocido.

-Lo sé. Creo que sólo estoy de paso. -Y en ese momento picó otra trucha, aun mayor que la anterior.

-No sabía que hubiese peces tan grandes en este río- Dijo Pablo. –Son enormes.

-Es demasiado pescado para mí solo. ¿Quieres acompañarme?

-Por supuesto, dijo Pablo sin pensárselo dos veces. – Hacía ya demasiadas horas que había desayunado un poco de leche y un mendrugo de pan, y su estómago comenzaba a gruñirle como un oso enfadado.

A medida que ambos iban recogiendo ramas secas y hojas para el fuego, Pablo se iba sintiendo cada vez más y más tranquilo en presencia de Enrique. Al principio se había sentido un poco cohibido, quizá por el aspecto del extraño, pero poco a poco iba tomando confianza. Era como si le conociese de toda la vida, a pesar de llevar con él apenas unas horas.

Prepararon un bonito fuego, rodeado de piedras y en él asaron las dos truchas. Enrique sacó de su macuto unas hierbas que le puso por encima al pescado. Jamás en su vida Pablo había probado una trucha tan deliciosa como aquella. Era como si todo el sabor del río estuviese condensado en su boca.

Comieron sin hablar, en silencio, degustando cada bocado. Al acabar el extraño recogió los restos del pescado y los puso sobre una roca plana que había en las proximidades.

-Es para los animales- dijo. – Ellos comerán lo que nosotros ya no queremos

A continuación apagó el fuego con un poco de agua y se sentó de nuevo en una piedra, frente a Pablo

-¿Quién eres?- dijo Pablo

-Sólo un hombre, uno más.

Pablo le miraba embobado, sin apenas pestañear. Intentaba escrutar cada gesto, cada movimiento de Enrique para así saber algo más de él. Pero Enrique era inaccesible. No tenía acento y sus ropas no eran específicas de ningún lugar. Simplemente era un hombre, uno más.

Así pasaron unas cuantas horas más, hablando del pueblo, del río, del tiempo… Ya estaba atardeciendo cuando Enrique sacó de su macuto una pipa de madera tallada a mano y una bolsita con tabaco. Colocó un poco de tabaco en la pipa y lo encendió, expeliendo varios anillos en el aire.

Pablo se quedó boquiabierto cuando de pronto uno de los anillos que salían de la pipa se tornó de un color azulado. El siguiente anillo tampoco era blanco, sino rojo. Cada uno del los anillos que salían de la pipa de Enrique era de un color diferente, incluso colores que Pablo no había visto nunca, colores nuevos. Eran colores tan hermosos que a los ojos de Pablo asomaron dos lágrimas de emoción. Se sentía flotar dentro de su propio cuerpo. Era como si de pronto el tiempo no existiese, como si el propio mundo no existiese, sólo los anillos de colores.

-¿Cómo haces eso? ¿Tienes tinta en la pipa?-

Enrique se limitó a mirarle. Sabía que Pablo se daría cuenta por sí mismo de que en la pipa no había nada más que tabaco. Los anillos de humo eran sólo anillos de humo de colores.

-Pero… eso es magia, es brujería- Dijo Pablo asustado. –Si en el pueblo se enteran no dudarán en quemarte en la hoguera por brujo.

-No te preocupes, Pablo. No me quemarán en la hoguera porque la magia que yo hago es magia blanca, no le hace daño a nadie, sólo puede ayudarles.

Fue así como Pablo y Enrique comenzaron a verse todos los días, sin faltar uno solo, durante el siguiente año.

Enrique se había fabricado una pequeña cabaña a la orilla del río, junto al puente. Había ido encontrando el material que necesitaba en el propio bosque y en el río. Su cabaña era pequeña, pero tenía justo lo que él necesitaba: una mesa, un par de sillas, un camastro hecho de madera, una manta y una chimenea para poder asar las truchas que pescaba en el río. En una pequeña estantería que había colocado en un rincón tenía unos pequeños frascos de cristal que contenían distintos tipos de hierbas que él mismo recogía en el bosque.

Algunas veces, Enrique se acercaba al pueblo a comprar víveres que no podía conseguir por sí mismo: leche, huevos, aceite… Entonces la gente le miraba, pero solo por curiosidad, nada más. Poco a poco, las gentes del pueblo fueron tomando confianza con Enrique. Vieron que era un hombre pacífico, tranquilo y sabio.

A veces, cuando alguien enfermaba en el pueblo, se acercaba a la cabaña de Enrique y le pedía consejo. Enrique le ofrecía un brebaje que él mismo había fabricado a partir de hierbas y raíces o colocaba sus manos sobre la lesión durante un rato. Quizá necesitaba manipular al paciente con masajes o fricciones. Entonces el enfermo mejoraba. No era un milagro, era lo que en la actualidad se conoce como medicina tradicional, pero por aquel entonces, para las gentes del pueblo, eso era, realmente, un milagro. A partir de entonces, pasaron a llamarle “Enrique el santo”.

Con el tiempo, Enrique el santo se fue a vivir al pueblo, cerca de la gente. Dejó de ser un extraño y se convirtió, a ojos de todos, en la persona más respetada y querida de todo el pueblo. Más incluso que el alcalde o el cura. Todos recurrían a él cuando tenían dudas o alguna dolencia, ya fuese física, psíquica o amorosa. Y le pagaban con frutas, huevos, enseres de cocina…

Pablo pasaba todo el día y gran parte de la noche en la casa de Enrique. Fue así como se convirtió en su aprendiz. Entre los dos creaban ungüentos y brebajes para curar las enfermedades más comunes en la aldea. Utilizaban menta para las afecciones respiratorias, manzanilla para los problemas de estómago y otras hierbas para todo tipo de dolencias: torceduras, dolores musculares, cansancio… Incluso tenían preparado uno para las mordeduras de animales, cosa muy normal en el pueblo, porque vivían de la ganadería y de la agricultura.

Una tarde Enrique comenzó a sentirse mal. Tenía mucha fiebre, pero no era gripe. Pablo no sabía cómo ayudarle y Enrique ni siquiera podía hablar para darle indicaciones. Probó con casi todo, incluso impuso sobre él sus manos como Enrique le había enseñado. Cuando ya no supo qué más hacer, simplemente se quedó a su lado, sentado día y noche, sin separarse de su cama casi para nada.

Pasó así dos semanas, con fiebre, escalofríos y casi sin despertar. Todo ese tiempo Pablo estuvo a su lado. Recibió visitas de todos los vecinos del pueblo interesándose por su salud. Le llevaron caldos calientes y sábanas y toallas limpias.

Al cabo de esas dos semanas, Enrique abrió los ojos y miró a Pablo. Había adelgazado unos 15 kg debido a la fiebre y a no haber comido nada en todo ese tiempo. Pero había despertado y miraba a Pablo.

-Pablo- le dijo- Ya has aprendido todo lo que necesitas saber. Es el momento de marcharme.-

-No, todavía tengo mucho que aprender.-

-Ya lo has hecho, has pasado todo este tiempo a mi lado, intentando curar lo incurable: la vejez. Ya es mi momento, debo irme.-

-Pero aún tengo mucho que aprender- Replicó Pablo.

-En todo este tiempo has utilizado conmigo todas las medicinas que estaban a tu alcance. Has bajado mi fiebre y has curado mis labios resecos. Era lo único que se podía hacer. Mi enfermedad no es tal, sólo es el final de mi vida. La vida tiene un principio y un final, pero todo el tiempo que hay entre el nacimiento y la muerte debemos aprovecharlo para aprender, para ayudar y para abrir nuestra mente a lo desconocido. Tú lo has hecho. Tú has aprendido de cada paso que dabas, de cada segundo que has vivido. Ahora debes seguir sin mí, porque estás preparado para avanzar tú solo.co Solamente debes tener la mente y los ojos abiertos. Así continuarás lo que yo empecé.

Los tiempos cambian y todo avanza muy deprisa. Aprenderás todo lo que necesitas saber para ser un gran médico. –

Pablo tenía los ojos empañados en lágrimas cuando Enrique cerró definitivamente los suyos.

Jamás hubiese imaginado poder aprender tanto en tan poco tiempo. Pero ahora era el médico del pueblo. Curaba a los niños, a los adultos y a los ancianos. Y a aquellos que no podía curar les enseñabas las palabras de Enrique. Había memorizado todo lo que le dijo el día de su muerte y lo había escrito para poder mostrarle al mundo toda la sabiduría y toda la bondad de su maestro.

En la actualidad hay un pequeño pueblo en una zona remota de la montaña de un país que no recuerdo. A la entrada del pueblo hay una inscripción tallada en madera en la que pone:

“aquí vivió enrique. Aquí quedó su esencia.”

Los hijos de Pablo aprendieron de él la forma de curar a los enfermos. Y los hijos de sus hijos y de sus hijos…

Si un día pasas por ese pueblo del que no recuerdo el nombre, por favor, dime dónde está para poder nombrarlo, así mi libro tendrá un título. Gracias.
 

Neo

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GRIETAS​


Diana cerró el grifo, se secó las manos y fue a la cocina. La casa estaba en silencio, sus padres dormían. Abrió el frigorífico y bebió agua, luego volvió al baño y se lavó las manos de nuevo. Iba ya para su habitación cuando volvió a la cocina para cerciorarse de haber apagado la luz y haber cerrado la nevera.
Luego fue al cuarto de baño y puso la mano repetidas veces debajo del grifo para comprobar que estuviese cerrado. Secó el interruptor con el pijama, o más bien, restregó el pijama ya que estaba seco. Por fin volvió a la cama. Sintió la necesidad de volver a comprobar todo, pero se contuvo, estaba cansada. Una angustia tremenda la invadió por dentro y algo en su mente le decía que seguía teniendo las manos sucias, pero no quería volver, así que cogió de su cajón un paquete de toallitas y se refregó una en las manos.

Le escocían, las tenías agrietadas. El agua le hacía las heridas. Cada vez más. Sin embargo ella no podía dejar de mojárselas. A veces le decían que era muy escrupulosa pero no era cierto. A ella no le importaba beber de una botella vieja, o mancharse…no. A ella le preocupaba manchar, manchar a alguien.

Intentaba dormir cuando otro mensaje le invadió la mente. El cuarto estaba desordenado. Su parte juiciosa se lo negaba, todo estaba en orden. Su parte enferma le repetía lo desordenado que estaba todo. Si enferma, estaba enferma. No le dolía nada, no tenía nada roto, salvo quizá los nervios, pero estaba enferma. Hacía tiempo que lo sospechaba, pero ya estaba diagnosticada. Tenía TOC. Trastorno Obsesivo Compulsivo. ¿Y por qué? Cuestión de genética o por falta de serotonina en el cerebro… Nada relacionado con algo que ella hubiese hecho.

Diana ahogo un grito mordiéndose el brazo, tan difícil era. Quería por una vez en su vida acostarse y dormir, sin obsesiones, tranquila.

Para olvidarse de todo comenzó a inventarse una historia, una historia de hadas en la que ella era la protagonista, una historia sin pensamientos retorcidos, una historia…

Y con estos pensamientos en la mente y un par de lágrimas recorriéndole la cara se quedó dormida.

Tranquilidad… tranquilidad hasta el día siguiente si tenía la suerte de no despertase en toda la noche.
 

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Desafortunado encuentro​



La culpa la tuvo el perro. Eliana no entiende de marcas de perro, más allá del San Bernardo y el Pastor alemán, pero aquel perro le hizo gracia. Era pequeño y rechoncho. Blanco con grandes manchas negras o negro con grandes manchas blancas y dotado de ese tipo de fealdad tan conmovedora: chato, bizco, con la punta de la lengua asomando por una boca cuya mandíbula inferior le ganaba la carrera a la superior por un cuerpo de ventaja. Eliana se quedó mirándolo al cruzarse con él en la calle, yendo éste atado a la correa de un chico joven con cara de fastidio, luego levantó la vista al frente, vio a una mujer a unos veinte metros de distancia, caminando en dirección a ella y, después de unos eternos microsegundos en los que su cerebro se ganó su ración de riego sanguíneo reconociendo a la mujer de entre los miles de rostros parecidos archivados en su interior, maldijo al puñetero perro de marca no identificada; era Julia. La jodimos.

“Ohnojodermierdaremierdaellanohostias”. La maldición contra el perro estaba justificada; un instante antes todavía hubiera podido meterse en la zapatería y haber visto a Julia pasar de largo a través del escaparate, mientras un anónimo vendedor la atendía haciéndose ilusas pretensiones de cobrar una comisión por venta. Pero ya era tarde. La mirada y el lenguaje corporal de Julia indicaban claramente haberse percatado de quién era la mujer que se le acercaba a proa. El choque era, pues, inevitable.

“Eliana, qué alegría verte”, dice una. “Madre mía, Julia, cuantísimo tiempo sin vernos”, responde la otra. “¿Y qué haces por aquí?”. “Pues ya ves blablabla…” y esto y lo otro y tal y cual, realmente es larguísima la lista de clichés y demás formalismos sociales que se llegan a pronunciar en situaciones como éstas. A nuestras dos mujeres en cuestión, la colección de banalidades intercambiadas les ocupó tanto tiempo que, cuando Eliana quiso darse cuenta, estaban sentadas a la mesa del café más próximo, esperando sus respectivas infusiones, que Eliana apenas recuerda haber pedido, tal es el estado de alelamiento en que el encuentro la ha dejado. Inseparables en el colegio y el instituto, las dos mujeres llevan once años sin saber la una de la otra, desde que la distancia entre las respectivas Universidades, primero, y la desidia después, separara sus caminos. Y ahora Eliana se maldice, primero por no haberla esquivado en la calle (culpa del perro) , y después por no haberse sabido escabullir de la charla con su vieja amiga sin ser grosera (culpa suya). Siguen aún más banalidades sociales, estos relacionadas con cotilleos sobre antiguos compañeros y amigos, antes de que les sirvan sus bebidas. Té de menta para Eliana, café con leche para Julia, primer plano de los escotes de Eliana y de Julia para el camarero. Una vez que todos están servidos, las banalidades se agotan por sí solas, para horror de Eliana, que preferiría hablar tan solo de qué buen aspecto tienes, de lo mucho que has cambiado y de ¿qué ha sido de Fulanita, que tan fulana era? Sin embargo, ya ha tenido tiempo de recuperarse algo del impacto, y se ha ido inventando un buen cúmulo de mentiras con que cubrir su verdadero rastro ante el inevitable interrogatorio mutuo. Y aquí viene ya…

Y así, ante el pistoletazo de salida más vulgar imaginable: “Bueno y, cuéntame, ¿qué es de tu vida?”, Eliana comenzó a maquillar el arrugado rostro de su realidad cotidiana. Ahora, mientras habla, su trabajo es estupendo, coordinadora de ventas de no sé qué empresa de alto standing, casi, casi la misma empresa en la que estuvo trabajando hasta hace tres años, en la sección de ventas, sí, pero no de coordinadora, no, hasta que decidieron no renovarle el contrato visto su bajo nivel de ventas y su aún más bajo grado de popularidad entre sus compañeros. Trabajo este que, de todos modos, sigue siendo mejor que los últimos cuatro trabajos repartidos en los últimos tres años. Y ahora está gozando de una recién descubierta libertad tras su divorcio, del que salió satisfecha y favorecida, de mutuo acuerdo con su ex, con el que mantiene una buena relación, carente por completo de los llantos, gritos, insultos, y de la rabia impotente de una mujer a quien su marido no le concedió ni la dignidad de ser abandonada por una más joven y más guapa, sino que, con total grosería por su parte, se largó con una mujer siete años mayor que Eliana, y con una cara y un cuerpo tan vulgares como la rutina solitaria que se ha instalado en la vida de Eliana tras la firma del divorcio y que ahora desmiente alegremente mientras le explica a Julia la estupenda relación que mantiene con un pedazo de tío (“ojalá llevara una foto encima, te pondrías verde, te lo juro”) que Eliana extrae de sus recuerdos mezclando a Cristiano Ronaldo con Jairo, el último novio que tuvo antes de conocer al cabronazo de su exmarido. ¿Y Julia? ¿Qué dice ella? Pues el interrogatorio es en doble dirección, por supuesto, y curiosamente el vulgar pistoletazo de salida lo disparó la misma Eliana, con el ánimo de quien se arranca una tirita de la piel de un solo tirón para que duela menos. Así que, ¿y Julia?, ¿qué dice ella? Pues parece que su trabajo también es una birria, pero lo dice muy tranquila y socarrona; y al parecer también se divorció de mala manera, pero aunque no da detalles, no parece especialmente dolida al decirlo; y rompió con la única pareja que tuvo tras su matrimonio, un tal Héctor, hace ya más de un año, y desde entonces nadie, ni con pilas, agrega entre risas, y parece tan tranquila, y su ropa es de hipermercado, pero de esa que no se avergüenza de su origen plebeyo fingiendo ser otra cosa de más nivel, no, baratilla y descarada, y Eliana no entiende nada, no entiende que su antigua amiga esté así, tan carente de vergüenza ante quien sabe de sus antiguas aspiraciones juveniles, no entiende que exprese esa ¿felicidad? no, tanto no, pues sus ojos no acompañan a sus labios al sonreír. No es que la sonrisa sea falsa, sino que algo extraño acecha tras su mirada, algo que Eliana no identifica pero que sabe que no tiene nada que ver con ser feliz. Pero resplandece, eso sí, e irradia serenidad y está mejor que Eliana, se da cuenta, no puede dejar de darse cuenta y quiere que la reunión se acabe ya, no lo soporta, se siente pequeña y avergonzada y estúpida y miserable y busca excusas en su mente, desesperada por largarse, y acaba cogiendo la primera que le parece factible “uy, qué tarde, me tengo que ir ya porque blablabla…”, Eliana casi ni se escucha, de tanta ansia por alejarse de esa mujer que la insulta simplemente al mantener esa presencia de ánimo y esa aceptación tranquila que Eliana ve para sí más lejana que aquellos tiempos inocentes en los cuales se mantenían las dos inseparablemente unidas. Y luego la cuenta: “yo invito, oh no déjame a mí, no insistas blablalblabla”. Despedidas de rigor: “a ver si quedamos un día de para ir por ahí, sí ya tenemos nuestros números y más blablablabla”. Besito, besito y, por fin se separan, y mientras una Eliana agotada se aleja por la calle, nosotros buscamos acomodo en un punto de vista sustancialmente distinto que aquél en el que hemos estado hasta ahora: Julia.

Mientras Eliana se despide haciendo estúpidos adiositos con la mano y exhibiendo una sonrisa que trata de ocultar que su vergonzoso origen es el alivio, Julia le corresponde adecuadamente, pero sin tratar de ocultar la melancolía de la que nace su gesto. Melancolía por amistades forjadas en días más despreocupados, por personas que, de tanto haber cambiado, solo comparten con su propio yo más joven unos recuerdos que, de todos modos, se distorsionan sutilmente a medida que se evocan. Se ha dado cuenta de que Eliana mentía. No sabría decir cuáles eran exactamente esas mentiras, entre toda la información recibida, pero intuye que mucho es falso, intuye que casi todo lo es. También se ha dado cuenta de que no la escuchaba, no realmente. Suele ocurrir cuando se va inventando la mentira a medida que se habla. La araña que va generando su propia seda está tan concentrada en su exquisito, aunque frágil, diseño, que el resto del universo se vuelve borroso para ella. No, Eliana solo le prestaba esa atención distorsionada que dedicamos a la gente que solo existe para nosotros bien como causa de envidia mezquina o de triunfo aún más mezquino. La atención de los imbéciles. Y por ser consciente de estar siendo objeto de ese tipo de atención es por que Eliana ha mentido también. Oh, no con su lenguaje corporal, pues esa serenidad tranquila le es tan natural como su propio olor, que jamás disimula con perfumes. Ni tampoco con sus palabras, pues todo lo que ha dicho es cierto y, aunque mucho ha omitido, éso no es mentir más que en circunstancias muy concretas, que no vienen al caso. No, su mentira ha sido tener el dorso de los antebrazos cuidadosamente fuera de la vista de Eliana durante todo el encuentro, y es que una Eliana tan imbecilizada por la situación no habría pasado por alto las dos delicadas líneas que cabalgaban sus venas, una en cada muñeca. Líneas que no las seccionaban groseramente, sino que las recorrían obstinadamente, como el dedo del niño sigue las palabras que apenas empieza a descifrar. Líneas por las que brotaron su sangre y sus lágrimas a partes iguales, y nadie le hubiera dicho entonces a Julia que aún le quedaría en el cuerpo suficiente de ambos fluidos para toda una vida. Líneas que hablaban de un dolor tan profundo, como firme la voluntad de extinguirlo, de una acción tan torpe como hábil la mano maestra que selló las grietas, dejando esas líneas tan solo. Esas líneas que Héctor, su querido Héctor, acariciaba con los pulgares arriba y abajo, arriba y abajo, mientras le besaba unos ojos que aún vertían de cuando en cuando los restos de aquel dolor. Héctor, el que le pidió que se casaran y tuvieron un hijo. Héctor, al que abandonó antes de que se extinguiera el eco de aquella petición imposible. No Héctor, cariño, tú serías un buen padre, y lo serás, pero no más hijos para mí. Nunca más. No, Eliana no había visto sus líneas, y Julia nunca le hubiera hablado de su pequeño Daniel a ese corazón corroído por su propia e imaginada miseria, que esta vez quizá sí que hubiera prestado genuina atención, pero que no lo merecía, no. Eliana desaparece por fin tras una esquina, y Julia se vuelve para seguir su camino. Frente a ella, un joven pasea un perro, y Julia clava sus ojos en el animal. Es el mismo perrillo chato, bizco y adorablemente feo que divirtió a Eliana, pero Julia sí sabe de qué marca es. Es un Bulldog francés, su hijo tenía uno igual. Julia recuerda los interminables juegos con que Daniel torturaba al agradecido animalito. También recuerda cómo dio al animal en adopción después de que Aquello Ocurriera. No podía soportar que la justificada tristeza del animal compitiera con la suya. Tenía sinceros deseos de matarlo. Ahora Julia se agacha, extiende la mano, silba y el perrillo se acerca, le husmea la mano y la lame, lame incluso la etérea línea sobre su vena, antes de alejarse, impelido por su amo, demasiado ansioso por volver a casa para seguir explorando el último Final Fantasy. ¿Quién quiere realidades reales teniendo fantásticas fantasías? Y Julia se queda ahí, todavía frente al café del sátiro camarero, invadida por un ejército de recuerdos y pensamientos, comandados por Eliana y el perrillo, y nadie, nadie entendería cómo es que no se convierte en estatua de sal ahí mismo, con toda la miseria humana grabada para siempre en su rostro. Nadie lo entendería, ni ella misma tampoco. Y a nadie le importa en verdad, y a ella misma menos que a nadie. Así, paso a paso, se aleja del café, con Eliana, el perrillo y todo un pasado quedando a su espalda. Es mucho el peso sobre esa espalda, pero no se encorva.



FIN
 

Neo

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Doroteo de Terenesia


Te imaginas a ti mismo luciendo la corona de laureles, ahíto de presidir las más suculentas orgías; te ves altivo en el trono, áurea representación de tu poder (aquél que te depara la virtud de tu diferencia, de tu oposición a la maldad). Asoma la satisfacción a tu semblante mientras recorres pasillos repletos de cuadros en tu honor, imponentes representaciones de tus logros y victorias, ante los que el mismo Napoleón se sentiría pequeño. Con la gracia de un bailarín, zapatos de diamante se deslizan sobre suelo de mármol de carrara, y bajo tu cuello el cuerpo de un atleta griego, recubierto de los más nobles ropajes. ¡Ni Wagner era tan exigente! Cuanto placer recorre los nervios de tu cuerpo en la constante presencia de las más atroces torturas, abajo en las mazmorras; y cuando una dulce muchacha de tez oscura, proveniente de tierras lejanas, a la que has bendecido con tu miembro (hasta Calígula tendría envidia de tan robusta espada) aún sin ella merecerlo, pregunta horrorizada el porqué de tu particular Gestapo, le contestarás con sonrisa de príncipe: no creas que me gusta, pero es necesario, mas tu eres una niña muy hermosa, nunca lo entenderías. Luego le dices que se retire a los aposentos que tienes reservados para esas mozas tan dichosas de haber sentido en su cuerpo el ímpetu fulgurante del dios Marte (porque tú eres Marte, el dios de la guerra, el victorioso y, por encima de todo, el magnánimo), y por magnánimo te haces cargo de las desgarraduras y los dolores que causas, no por tu culpa ni por la suya, sino por causa de la Providencia que las hizo tan pequeñas y enclenques. En otro cuarto los mozos, ¡oh! los mozos, también de ellos disfrutas, y piensas que les beneficias al mostrarles tu grandeza, al hacerles sentir lo que son, porque las lágrimas de niño herido que recorren sus mejillas les enseñan el camino.

Tu sueño, Doroteo, te eleva por encima de las cabezas de los demás, mientras accionas el mecanismo onanista, pero la mecánica de tu placer no es nada sin un sentido (como es sabido que el sable apunta a una dirección concreta, hacia la cual se proyecta la vida en su Génesis Seminal); y así eres tú Dios Omnipotente de tu ensueño, de tu cortina de humo de diamantes. Posees también la máxima virtud del hombre mesiánico: la humildad. Eres tan humilde que te presentas como el dios Marte, como el rey de Terenesia… como el hombre mesiánico. Tú que eres Dios, que por tu acción creadora ha tomado forma Terenesia, y por la misma acción ha tomado sentido. Has tenido la humildad de ser a la vez rey, de ser a la vez hombre, de rebajarte a hablar con fulanas, vivir como hombre, ordenar fatigosas ejecuciones y mantener la paz del reino. Eres Dios y te has afirmado dios (con d minúscula, puesto que la afirmación te hace parte de lo Creado). Por amor lo has hecho. Quien diga lo contrario miente, y quién miente ofende a los Verdaderos Valores, y quien ofende a los Verdaderos Valores va a las mazmorras. Es justo, y el amor es justo, y la justicia es amor.

Nos hemos desviado, hay que hablar del sentido. El sentido de tu Génesis Seminal. ¿Hacia dónde apunta? Está claro: hay que extirpar la maldad de cuajo, y tú que eres todo lo contrario a la maldad, eres el único que puede conducir a la Justicia. Tu semen, Doroteo, es el agua bendita que purifica aquello hacia lo que se dirige. Lo haces por ellos, lo haces por ellas, todo por los demás y nada por ti. Exclamas de corazón: ¡Cuánto peso el de la corona, cuanta responsabilidad las condecoraciones, pero es necesario investir mi representación para que todos se den cuenta de la Verdad! Y sabes bien que nadie más podría soportar tal carga, y menos con la gracia de tu porte al sostenerla. Según tus palabras, es suficiente esto para justificar la realización de tus deseos sean cuales sean, porque además de nobles son la merecida compensación de tu fatigosa dedicación. No dices que no existiera nada en el plano de Terenesia antes de tu Génesis, sino que lo que existía era puro caos, injusticia y sufrimiento. Al fin y al cabo Terenesia es tu grandioso plan, tu plan para el mundo real.


Un nuevo color invade tu fantasía, ahora bajas a las mazmorras. Ni San Justino definió un infierno tan atroz, justo y vengativo como el que toma forma en las cuevas que subyacen bajo tu onírico castillo. Todos aquellos que te dañaron y salieron impunes, los que por tu bondad quedaron impunes, al verse en el Espejo Mágico, caen en la cuenta de la fealdad de su alma. La culpa les doblega como crece la joroba de un giboso con los años, caen al suelo e imploran para sí los más crueles castigos. Dicen: ¡No me mates, Doroteo! ¡Hazme sufrir lo indecible! ¡Dame mi merecido! Y respondes: yo no me mancho las manos, mis manos de alabastro, yo os perdono como os perdoné en su momento; haced vosotros mismos lo que consideréis justo, ahora que os habéis visto. Ellos mismos expían sus maldades en tus mazmorras, ellos mismos se condenan eternamente, pues el Espejo Mágico muestra su Eterno Reflejo, y la Verdadera Culpa conduce indefectiblemente a la más sangrienta y dolorosa Redención. Ellos mismos deben redimirse, mientras tú gozas de la Verdadera Inocencia en las cámaras más lujosas del castigo. Tumbado entre sábanas de seda sueñas con las mazmorras (¿Seguirá Fodofroso lacerándose la espalda? ¿Habrá muerto ya de gangrena Genasio después de colgarse de las manos, quedando suspendido en el aire?). Sueñas, gozas lo indescriptible, príncipe de la clemencia, y te apiadas de sus almas.

Sueñas con todo esto mientras frecuentas floristerías y burdeles. Ahora, por ejemplo, yace una puta a tu lado, ¡cómo se parece ella a la mulata del palacio que te hizo aquella pregunta irrisoria con la estupidez de las mujeres (y con cuanta galantería respondiste)! En silencio y en secreto te apiadas de su alma. En secreto y en silencio, ya le has asignado un lugar en tu palacio (a esta dulce maldita, la que en tu castillo por las mazmorras preguntaría).
 

Neo

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Septiembre



El cielo estaba gris, parecía que iba
a llover. Debí traer un abrigo, pensé, pronto anochecería y el frío sería más
intenso arriba. Pero si lo hubiera traído, habría tenido que dárselo a Ximena, mi
madre siempre me había dicho que sea un caballero. ¡Oh mi madre! ¡Qué tonterías
pensaba! A ella no le importaría mi caballerosidad de saber lo que yo estaba
haciendo. Era jueves, mi pobre madre debía estar en la iglesia, tal vez con
Ernesto. No, mi hermano tenía un examen en la facultad. Traté de quitarme esos
pensamientos de la cabeza, debía concentrarme en el camino, ya estábamos cerca
de la casa de Ximena.

-¡Fernando para!- gritó Ximena, y me
di cuenta ya habíamos llegado a su casa-. En dos minutos vuelvo, no salgas del
auto.

-Si puedes, trae también un costal-
dije yo, en el tono de voz más bajo que pude.

-No sé si habrá.

- No importa, sólo date prisa.

Ximena se alejó del auto rumbo a su
casa. Con cuánta rapidez caminaba, era como si flotara en el aire. Creo que estaba
más nerviosa que yo, aunque sé que trataba de disimularlo. Sin duda Sofi era la
más nerviosa de los tres, no dejaba de mirar a todo lado con esos ojos de sapo
que su padre le había dado. En ese momento más que en algún otro me resultaba
desagradable, estaba tan pálida como el dueño del auto. No entendía como Ximena
había podido celarme alguna vez con ella. Al fin volvía Ximena que por lo visto
había conseguido el costal.

-Estamos de suerte –dijo Ximena-.
Habían dos palas en el patio, mi padre ha olvidado devolver una de ellas a mi tío.

-Bien, aunque si hubieras conseguido
un pico sería aun mejor- dije yo-.

-No lo he encontrado, pero tal vez en
casa de Sofi…

-No, –le interrumpió bruscamente
Sofi- en mi casa no hay nada de eso. Apurémonos que será más difícil cuando
oscurezca.

-Sería menos difícil con un pico –le
dije impaciente-, pero igual tendrás que ayudarnos en algo Sofi, por una vez en
la vida tendrás que utilizar tus lindas manos.

-Arranca el carro de una vez, ya me
cansé de escucharte –dijo Sofi-.

Mientras salíamos de la calle de
Ximena, noté que la dueña de la bodega nos miraba. Era una vieja entrometida
que a falta de marido, le gustaba estar al tanto de la vida de sus vecinos.
Siempre que venía a visitar a Ximena, sentía la mirada de aquella mujer encima
de mí, como un león sobre su presa. Sin embargo, aún tenía el revólver de mi
padre y esta vez la presa podía ser ella.

Mientras pensaba en la forma en que
podría deshacerme de la vecina, Ximena y Sofi hablaban de todas las cosas que
habían salido bien en el día, y también de los desaciertos, de los cuales según
Sofi yo tenía toda la culpa. Mujeres, hablan mucho pero es poco lo que dicen.

Llegamos a Buenaventura, una aldea agrícola
situada en las afueras de la ciudad. La noche estaba cerca, teníamos poco
tiempo para hacer lo que teníamos que hacer. Al salir del auto noté que el
suelo estaba lleno de barro, señal de que había llovido. El viento soplaba
fuerte y ya se sentían las diminutas gotas de las primeras lluvias de la
temporada. Cuando salí del auto, Ximena y Sofi ya estaban afuera, con las palas
y el costal en las manos, esperando que les mostrase el lugar donde deberíamos
empezar a cavar.

-Aquí –les dije, mientras le quitaba
de las manos una de las palas a Sofi-, la tierra está suave por la lluvia, será
más fácil.

-Bien. Sofi y yo nos turnaremos –dijo
en voz baja Ximena-.

-Sí. Empiecen ya. Puede venir alguien
en cualquier momento –dijo Sofi, mientras miraba preocupada en todas las
direcciones.

Cavé lo más rápido que pude. No
estaba acostumbrado al trabajo físico, pero en esos momentos me sentía como
Hércules en el Delfos. Ximena y Sofi hacían su mejor esfuerzo, mientras una
cavaba, la otra vigilaba que nadie se acercara a nosotros. Yo estaba seguro que
nadie vendría, en el campo la gente no suele caminar por la noche.

No sé cuánto tiempo pasó cuando escuche
la voz de Ximena diciendo que estaba muy oscuro y que el hoyo ya estaba lo
suficientemente profundo. Mi rostro estaba mojado gracias a las gotas de lluvia
y al sudor propio del esfuerzo físico. Ya faltaba poco para salir de ahí, unos
minutos más y todo volvería a la normalidad.

Abrí la maletera del auto, ahí estaba
su dueño que aún no terminaba de enfriarse.

-Pásame el costal –le dije a Sofi,
quien junto a Ximena sostenían sus teléfonos celulares para alumbrar el
interior de la maletera.

Cogí el costal e introduje
cuidadosamente la cabeza del taxista dentro de éste. El costal le tapaba las
dos terceras partes del cuerpo, de modo que sólo quedaban al descubierto sus
piernas. Ximena y yo levantamos el cadáver, mientras Sofi nos alumbraba con su
celular. Estaba llorando y le temblaban las manos.

-Ve más lento Fernando, pesa mucho
–me dijo Ximena.

Colocamos el cuerpo en el hoyo. Nos
apresuramos a tirar la tierra. Sofi y yo utilizábamos las palas, mientras
Ximena estaba arrodillada y cogía con las manos tanta tierra como podía.
Estábamos en la oscuridad total.

Al terminar el entierro, entramos al
auto y arranqué mientras escuchaba los sollozos de las dos muchachas. Los tres
estábamos llenos de lodo, especialmente Ximena, a quien no parecía importarle.
Cualquiera que me hubiera visto no me habría reconocido. El hijo de un
importante oficial del ejército, sucio y mojado. Gracias a dios, nadie conocido
vivía en aquella aldea.

Cerca ya de la ciudad, Sofi y Ximena
estaban más tranquilas. Ya había pasado lo peor. Sofi comentó que no había
nadie en su casa, así que podríamos ir y asearnos. Nos pareció buena idea
aunque la casa quedara al otro lado de la ciudad. Sería al menos media hora de
viaje hasta allá.

Ya empezaba a sentir el frío de la
noche cuando noté que no tenía suficiente combustible para el viaje. De pronto
recordé que había un grifo en la siguiente cuadra, cerca a la casa del primo de
mi padre, un juez que ocupaba un alto cargo en el poder judicial. Él y mi padre
tenían una relación muy cercana, habían crecido juntos, y pertenecían a la
hermandad de un santo importante en la región.

-¿Por qué nos paramos? ¿Qué pasa? –
Preguntó Ximena mientras yo me estacionaba en el grifo-.

-Necesitamos combustible, la casa de
Sofi está lejos –respondí-.

-No, no. Debimos tomarlo antes, hay
mucha gente por aquí.

De pronto Ximena calló. Le pedí
dinero para pagar la gasolina, pero ella seguía sin responder. Cuando entendí
lo que sucedía, Sofi y Ximena ya habían salido del auto y se acercaban
rápidamente hacia los policías. Ya no había nada que pudiera hacer, el arma
estaba en mi bolsillo, yo conducía el auto, y el taxista era mi vecino. Me
quedé sentando, esperando que los policías vinieran por mí.
 

Neo

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Y en segundo puesto, los ganadores son:
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El relato más sensible para: "Una pareja cualquiera" y "Sin título"
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El relato más original para: "Fábula del gato negro"
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El mejor relato para: "Una pareja cualquiera"
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Y ya, sin mas dilación, daré paso a los nombres de los relatos ganadores .

Enhorabuena a todos!

 

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EL ganador al relato más sensible es: Desafortunado Encuentro

El ganador al relato más original es para: Doroteo de Terenesia

El ganador al mejor relato es: Desafortunado Encuentro
 

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Buenos días primaverosos y rosas como los árboles rosas! Hoy vengo a anunciaros/desvelaros los autores ganadores del concurso de relatos
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Antes de nada, gracias a todos por haber compartido los relatos con nosotros, nos ha gustado mucho leeros!! sois unos cracks!
Allá voy!!



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TERCER PUESTO

- El relato más sensible para...Freeze, por "Grietas"; y para Ziva, por "Septiembre"!!!

- El relato más original para...Chispita, por "Una pareja cualquiera" y para Freeze, por "Grietas"!!!

- El mejor relato para...Heegan, por "Fábula del gato negro" y para Humano, por "Doroteo de Terenesia"!!!

¡¡¡ENHORABUENA!!!
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SEGUNDO PUESTO

- El relato más sensible para...Chispita, por "Una pareja cualquiera" y para Superalicia, por "Sin título"!!!!

- El relato más original para...Heegan, por "Fábula del gato negro"!!!

-El mejor relato para...Chispita, por "Una pareja cualquiera"!!!

¡¡FELICIDADES!!

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PRIMER PUESTO

-
El ganador del relato más sensible es....¡Nicanor, por "Desafortunado encuentro"!

- El ganador del relato más original es...¡Humano, por "Doroteo de Terenesia"!

¡FELICIDADES!


-Y por último...El ganador del Mejor Relato de este concurso de Emociones es...

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...NICANOR!!!! Por "Desafortunado encuentro"!!!!



¡¡¡ENHORABUENA!!!
 
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