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Creación de un personaje (Mireia)

Desenfocado

Usuario veterano
CAPÍTULO VI "MIREIA"

Aquel rincón era su favorito. Las paredes que rodeaban la fuente del centro de la plaza parecían no sólo salvaguardar el constante chapoteo del agua, sino el del cualquier ente animado o inánime, tangible o intangible. Era una especie de tarro de las esencias adiabático, que tenía la cualidad de permanecer siempre cerrado, a la par que fresco, subyugándolo todo a su influencia.

Parecía increíble que perdurara incorruptible pese a encontrarse en el centro del barrio gótico. Y esa era también una de las muchas cosas de aquel lugar que le gustaban: la posibilidad de zambullirse en su silencio, cuando instantes antes había formado parte de esa gran marea bulliciosa, y poder expresar con la flauta todo su sentir, haciendo que las notas, con ingenua delicadeza, acariciasen las heridas de aquellas centenarias paredes que atestiguaban solemnemente los estragos de una guerra fratricida ya pasada pero aún no digerida.

Aquí, su desgarbado cuerpo no debía permanecer tenso; siempre en alerta. Solía al menos venir un par de veces por semana con su inseparable flauta, aunque no siempre hiciera uso de ella.
Existía una gran diferencia entre las veces que tocaba para ganarse la vida en las calles y cuando lo hacía aquí. Era una cuestión de matices. Cualquier buen melómano, observador u oyente, podría percibir la diferencia; al menos eso pensaba ella, y aún más importante, eso quería creer.

Quién sabe si los restos de la iglesia, en cuya pared tenía apoyada la espalda, cumplieran también con no sé qué sobrenatural propósito, y sintiera la necesidad —ya fuera mediante la música, ya mediante una silenciosa abstracción —de expiar parte de sus males, miedos y fantasmas.

Tenía veintiún años y llevaba casi ocho viviendo de forma independiente. Eso quería decir que no recibía ningún tipo de ayuda. Ni de familiares —que dada su condición de huérfana resultaba imposible— ni de ninguna institución social o benéfica, siendo este distanciamiento provocado tanto por su intrínseca rebeldía —nacida y forjada a base de decepciones, mentiras y desengaños— como por la ineptitud de un sistema que la mayoría de las veces excluía a aquellos individuos que no podían ser fagocitados.

Había sido acogida en varios hogares, pero muy pronto esas nuevas familias se daban cuenta de que algo no andaba bien en aquella niña. Parecía una pequeña muñeca de porcelana. Incapaz de mostrar afecto hacia los demás, hacia nada que aconteciera más allá de su cuerpecito, como si éste impidiera que cualquier resquicio de empatía se escapara a través de sus ojos y de su boca.

No le gustaba jugar con el resto de niños del jardín de infancia ni con sus hermanastros, y tampoco se mostraba receptiva a la hora de hacerlo con sus nuevos padres. Comía sólo cuando se lo ofrecían y jamás lloraba. Por si esto fuera poco, no era una niña guapa, ni graciosa, y el paso del tiempo se había encargado de acrecentar su fealdad. Sus orejas eran demasiado grandes y separadas, compitiendo en tamaño con una nariz huesuda y aguileña. El corte de pelo casi al cero no ayudaba a disimular tales prominencias, como tampoco lo hacían los piercings en la nariz y las orejas.

Siempre fue de complexión ligera; siempre por debajo de su talla y peso. Ahora pesaba unos cincuenta y cinco kilos y medía más de un metro setenta, dándole un aire de fragilidad. Al verla andar, uno podría pensar que en cualquier momento pudiérasele caer un brazo, o perder una pierna, como si todas sus extremidades estuvieran unidas por finas cuerdas ligeramente destensadas. Para hacerle justicia, cabe decir que poseía unos preciosos y grandes ojos grises, fríos, calculadores, enigmáticos…como si en un momento de conmiseración, el tiempo, al moldear cual despechado Pigmalión la arcilla que la hubiera de conformar, se hubiese apiadado de ella, incrustándole dos preciosas gemas.

Era mujer de pocas palabras. No en vano, no fue hasta la edad de cinco años que sus cuerdas vocales y su laringe, en un acto de insólita determinación, se decidieran al fin, e irrumpieran en el mundo del lenguaje oral, poniéndose de acuerdo y profiriendo casi vehementemente una única y prístina palabra: «Beethoven».
Este acto casi irracional no hizo más que empeorar su ya comprometida situación. La mujer que por aquel entonces ejercía de madre, se asustó tanto al escuchar aquel grito, que soltó el plato y el tenedor con los huevos a medio batir, y el suelo blanco de la cocina se transformó en una especie de mar lechoso, donde flotaban como náufragos los fragmentos barnizados. Temerosa, se giró para mirar con horror a la pequeña Mireia que, sentada en una silla, esperaba con cara de satisfacción su cena. Esa misma semana, por segunda vez en su corta existencia, era devuelta al centro de acogida.

Nadie se percató de que aquel «Beethoven», no era otra cosa que una llamada de auxilio y júbilo simultáneos. Nadie entendió por qué la pequeña había pronunciado el nombre del genio alemán. Pero si hubiesen escarbado un poco en la historia de esta epifanía se habrían dado cuenta de la proeza. Lo que la joven Mireia había hecho era reconocer el tercer movimiento de la sexta sinfonía del gran maestro; notas que provenían de dos plantas más abajo, donde dos viejecitas solían poner la radio a todas horas, y que cuando las ventanas estaban abiertas, se colaban reptando por el patio de luces hasta el interior de su casa.

Pronto se inició un periplo de pruebas y tests psicológicos, pero tras cada evaluación lo único que se sacaba en claro era que la niña era extremadamente inteligente, y que si no hablaba era simplemente porque no quería. Aunque donde se evidenció con más claridad su precocidad fue en el ámbito de lo musical. Aprendió a leer solfeo ella sola, le bastaron apenas dos años para saber tocar con maestría el piano y el violín. También componía, y una caja con partituras originales, que año tras año iba llenándose casi de forma exponencial, y su estimada flauta, eran lo único que la acompañaban allá donde fuera.

Dejó de tocar y abrió los ojos. Fue entonces cuando se percató de que tenía público. Un grupito de cinco japoneses, que con un sonoro aplauso, agradecieron aquellos diez minutos de sobrecogedora música. Uno a uno depositaron en el interior de la funda abierta sendos billetes de diez euros. Mireia se lo agradeció con una sincera sonrisa mientras se decía para sí lo mucho que le gustaba la plaza de Sant Felip Neri.
 
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Reacciones: JCG
Joo que chulo Desenfocado. Me ha encantado pero tienes que seguir hablando de Mireia que me la dejaste ahí en el barrio gótico con los japoneses. La plaza y el barrio son las de Barcelona? Te lo digo enserio me mola el personaje mucho! Me da penita que por decir Betthoven ya la largasen.Me encantó lo de fagocitar!! Me gusta mucho tienes que subir más sobre Mireia! Gracias por compartirlo Desenfocado muy bueno!!! :gracias:
 
Ayy okis es que no leí aún libro muchas gracias! Y que descanses!
 
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